Todo empezó una tormentosa noche de invierno (o un sábado de primavera por la tarde, nunca se sabe) en la que acudía a mi primera presentación de Magic. Como novato en el juego no conocía ni las mecánicas básicas, las fases, los truquillos, ni ningún concepto avanzado. Mi primera partida del torneo resultó ser una paliza contundente contra un hombre con complexión de armario, calvo con patillas (combinación de coolismo primordial) y la calma de un maestro de artes marciales milenario. Metódicamente procedió a destrozarme mientras me explicaba la forma de maximizar mis jugadas y de detener sus ataques, cuando lo normal suele ser que el rival sea huraño, desconfiado y no te deje equivocarte ni para respirar (lacra de la que adolecen todos estos juegos de cartas y que en mi opinión, echa para atrás a muchos jugadores potenciales). Al acabar la partida me felicitó a pesar de la derrota con una amplia sonrisa y diseccionó mi baraja para intentar mejorarla de cara a las próximas rondas. Tal muestra de amabilidad me conmovió y se ganó mi simpatía en futuros encuentros.
En el siguiente torneo que jugué mientras decidía como construir mi baraja apareció nuevamente El Calvo de Magic, para decirnos a Von Doom y a mí que lo estábamos haciendo de puta madre y que no podíamos perder. En efecto, quedamos de primero y segundo. A los pocos meses, en otra presentación decidí plantearme un objetivo: llegar a la final y enfrentarme al que ya consideraba mi referencia. No me importaba perder o ganar, sólo jugar contra él y aprender. Con esfuerzo y suerte lo conseguí; invicto, avancé a la final sólo para enterarme de que El Calvo tenía que irse y me ofrecía un pacto para repartirnos el premio del primer y segundo puesto. Como considero que la amabilidad se paga con amabilidad, acepté y me fui pensando que todavía no era el momento. Necesitaba ser mejor.
Pasaron entonces muchos torneos con victorias y buenos puestos hasta que este fin de semana 4 jugadores de Coruña fuimos a una tienda ferrolana (Metropolis Comics) a la presentación de Levantamiento de los Eldrazi. Tras una buena peripecia matutina encontrando la tienda, una figura familiar se recortaba en la entrada. No podía ser otro que El Calvo de Magic. Sólo seríamos 10 participantes, con lo que las opciones de que cualquiera de nosotros nos lo cruzáramos eran del 100%. Después de los saludos de rigor y un café con churros empezó la primera ronda, en la que Von Doom debutaba contra él. Sin tiempo siquiera a acabar mi primera partida vi como El Calvo estaba ya levantado y paseando por la sala. Von Doom había sido derrotado en un visto y no visto. Luego supe que la mala suerte y una desafortunada elección de cartas habían ayudado, pero la leyenda de El Calvo alcanzó nuevas cotas. Con el corazón en un puño y la calma de saber que tenía que llegar a la final para enfrentarme a él (no podía ser de otro modo), fui ganando mis combates uno a uno hasta alcanzar la meta con el inestimable apoyo de mis amigos. Sin embargo, nada más ganar mi semifinal El Calvo me ofreció un nuevo pacto. Una vez más estaba justificado, ya que tenía la garganta hecha una mierda y se le hacía tarde, así que devolviendo la amabilidad nos repartimos el premio.
No era el momento.
Al salir de la tienda, con la alegría de la victoria y la ironía de otra final no jugada interioricé el mensaje con la ayuda de Von Doom. Aún no era la hora de nuestro encuentro. Tenía que crecer más como jugador y perfeccionarme. Llegar a tener esa calma del que controla todas las posibilidades, al que la experiencia le permite disfrutar del juego, ganar y enseñar a la vez. Siguiendo esa referencia alcanzaré su nivel y me enfrentaré a él en una final.
Y no importará quién gane o quién pierda. Sólo quién aprenda más.
PD: Acaban de mandarnos esto de las oficinas de Wizards... Algo se cuece en Mirrodin.
